Escritores aleatorios – Reto 2: Santa ambición

Después de tanto tiempo sin pisar aquellas tierras de Dios, el Sheriff tuvo que volver a contemplar aquellos terrenos de la Santa Iglesia que tantos picores le producía al verlos. Cabalgando con su caballo negro, protegido con cueros, y seguido por los soldados que pertenecían al Sheriff de aquellas tierras, todos ellos armados hasta los dientes, se dirigió hacia el convento Saint Marie, en Francia. El agua salpicaba bajo los cascos de los caballos al trotar hacia el lugar, el cielo gris anunciaba aún más agua de la que había caído hasta entonces y la gente, la escasa gente que había, lo miraba con temor y preocupación. Ignoraban los asuntos que pudieran llevar a una persona de cierta importancia a los designios de Dios.

Era un lugar para la oración, un lugar donde pocas veces había algún avance o algún cambio en la vida de la gente. La gente que allí vivía, estaba cuidando las tierras del convento y el ganado de éste. No había mucho movimiento, no había ciudad importante cercana al lugar ni ningún castillo de conde en el que se pudieran hacer fiestas muy a menudo cerca de allí. Se trataba de un terreno solitario, donde a kilómetros a la redonda solamente había bosque y tierras de cultivo de las monjas. Y en medio de todo aquello, un pequeño edificio con las cámaras propias del convento y una pequeña iglesia para las oraciones de las religiosas. Alguna que otra casa mal construida aparecía de vez en cuando entre los campos recién arados.

Desde la última vez, cuándo tan solo había sido un niño y se despidió de ella en aquél lugar, no había vuelto al convento por ninguna razón. Dejaron las monturas en el lugar indicado para ello, dejando los caballos a manos de un joven mozo de cuadras que olía a excremento de caballo. Mandó quedarse los soldados fuera en el patio y el entró al convento. Y se dirigió a ver a la madre superiora.

-          Buenos días, señor Sheriff – dijo cortésmente la mujer desde su asiento en su despacho – ¿Qué os trae por aquí? Mucho tiempo hacía que no disfrutábamos de vuestra presencia en nuestro pequeño convento.

-          Buen día tenga, madre – dijo el Sheriff inclinando la cabeza – Me han hecho saber que una monja de vuestro convento ha fallecido y, como bien usted sabe, se trataba de mi hermana. Que en paz descanse.

-          Cierto… No sabes lo que me afectó su muerte, mi más sentido pésame. Ahora se encuentra junto a nuestro queridísimo Dios, y le puede servir mejor allí que en la Tierra – no pudo evitar el Sheriff una repulsión al escuchar aquellas palabras.

-          He venido para ver su tumba y poder despedirme de ella por última vez. Sé que no la he vuelto a ver desde que nuestros padres la dieron a la Iglesia, y es por ello que quiero que me perdone.

-          La encontrarás en el cementerio del propio convento, en tierra sagrada. Fuera del alcance de proscritos que puedan usurpar su tumba en busca de algún que otro objeto de valor. Puedes estar tranquilo. La hermana Jackeline te acompañará.

-          Gracias, madre – de nuevo una reverencia a la Madre Superiora y se dirigió fuera del despacho seguido por la joven novicia.

Sin decir palabra alguna, la joven le guió hacia el cementerio y hasta la tumba en la que se encontraba su hermana. Una vez allí ligeras lágrimas de arrepentimiento cayeron a través del rostro del joven Sheriff. Le hubiera gustado ver en qué gran mujer se había convertido. Se percató de que la joven Jackeline también estaba intentando aguantar las lágrimas, pero que difícilmente podía controlar.

-          La conocíais bien, según puedo apreciar por vuestro fuerte sentimiento hacia ella. – le dijo el Sheriff a la joven novicia.

-          Estáis en lo cierto, señor. Ella y yo habíamos trabajado juntas en muchos quehaceres del convento y solíamos ser muy buenas amigas. Nunca nos habíamos separado para nada y nos ayudábamos en cualquier cosa que necesitáramos – dijo con un llanto descontrolado, sin poder aguantarlo más.

-          Contadme, si no es mucho pedir, cómo era ella y como murió.

-          Era una joven muy atractiva – empezó a contar la joven – Si no hubiera caído en manos de Cristo, bien hubiera encontrado un marido bien apuesto. Gozaba de una melena rubia y unos ojos claros como vos, señor. Se nota que erais hermanos. Vivía y trabajaba para el convento, pero al final empezó a encontrarse mal y le subió la fiebre. El médico del lugar dice que ésa fue la causa de su muerte, pero permita que le diga, señor, es una cosa que dudo.

-          ¿Dudas? – sin dar crédito a lo que escuchaba, el Sheriff quiso saber más sobre todo aquello – ¿A qué te refieres con eso hermana Jackeline? ¿Quieres darme a entender que mi hermana no murió por una elevada fiebre?

-          Exacto, mi señor. No pongo en duda el criterio del médico, pero su hermana, Anne, no se encontraba tan enferma para que nuestro Señor se la llevara con él.

-          ¡Explícamelo todo, por favor!

-          Se lo explicaré, pero este no creo que sea el lugar adecuado. Los muertos tienen oídos y pueden contárselo a la persona menos indicada. Sígame.

Entraron en una pequeña estancia del convento con grandes ollas de cerámica y cucharas de madera. La carne recién cortada se encontraba encima de la mesa, donde se empezaban a acumular insectos atraídos por el olor a carne fresca.

-          Hace poco que volví a este convento. Me encontraba en la otra punta de Francia, por órdenes de la antigua Madre Superiora, para aprender la nueva medicina que se estaba poniendo en práctica. Tuve que volver al enterarme de que nuestra gran madre había fallecido por vejez, así que volví de regreso a Saint Marie. Nada más llegar me dirigí a la Iglesia y, como es costumbre, me santigué utilizando el agua sagrada de la entrada. Recé mis oraciones y me dirigí a ver a mis compañeras del convento. Allí me enteré de lo que había sucedido hacía escasos días. Una joven novicia, Anne, mi mejor amiga, mi amante en secreto en esta casa de Dios, había fallecido por culpa de una terrible fiebre. No daba crédito a lo que escuchaba. Hablé con el médico para saber que tratamiento le había hecho, y como era de esperar, a pesar de que no comparto esa manera de curar, le habían realizado una sangría que probablemente hubiera terminado con su vida, más que la fiebre en sí.

-          Me estás diciendo, por lo que me cuentas… ¿Qué el médico fue quien mató a mi hermana? – el Sheriff no daba crédito a lo que estaba escuchando.

-          No le culpo a él, señor. Culpo a las malas artes de curación que permanecen hoy en día y que ignoran por completo las nuevas bases científicas que provienen del mundo árabe, y que éstos a su vez, consiguieron de los antiguos griegos. Éstos no pensaban que la sangría fuera un método de curación, si no que se basaban en los humores del cuerpo que afectaban a su estado – al observar la cara de desconcierto del joven Sheriff, decidió dejar de lado los datos científicos y volvió a la historia – En fin. Dejando de lado eso. Era lo que yo pensaba desde un principio, que en realidad la había matado esta sangría. Pero hablando con una hermana del convento, me enteré de que en realidad había muerto por otro motivo aún más oscuro.

-          ¿Qué motivo oscuro podría llevar a mi hermana a la muerte? ¡Por Dios, estamos en un convento!

-          No ponga a Dios entre sus labios de esa manera, señor. – prosiguió la monja – Me contó que habían estado votando para quien sucedería a la Madre Superiora, y supe que habían dos candidatas, Anne y la actual Madre Superiora, la madre Claris.

No daba crédito a lo que escuchaba. ¿Con aquello quería hacerle entender que en realidad había sido todo un complot para salir en unas votaciones para Madre Superiora? Si fuera eso cierto, habría más de un implicado en el caso. La mismísima Madre Superiora e incluso el médico que practicó la sangría. Tras hablar con Jackeline, sin pensárselo dos veces, se dirigió a las estancias en las que solía estar el médico del convento.

-          Buenas tardes, señor – dijo el médico con una reverencia al Sheriff.

-          Serán buenas para ti si me cuentas todo lo que quiero saber anciano – dijo el Sheriff sin ocultar su rabia y su desdén – Espero que empieces a hablar antes de que mis soldados entren por esa puerta y te torturen sin piedad.

-          ¿Qu…qué queréis de mí?

-          Realizasteis una sangría a una joven novicia de este lugar ¿No es así?

-          Cierto. Pero señor, realizar sangrías es un trabajo de un médico y novicias y monjas es lo que hay en este lugar, no creo que haya nada extraño en eso.

-          No habría nada extraño, si dicha sangría se hubiera realizado para curar, no para asesinar a alguien.

El médico permaneció con los ojos y la boca abierta durante largo rato. Se había quedado sin palabra alguna.

-          ¿Conoce a la hermana Anne? Según me han hecho saber vino a usted por una fiebre elevada, y que le practicó usted una sangría que en realidad no necesitaba. ¿Es eso cierto, doctor? – dijo el Sheriff mientras el cuello se le hinchaba por la rabia.  

-          Es cierto que vino una joven novicia por una elevada fiebre y que murió al practicársele la sangría, mi querido Sheriff. Pero no fue culpa mía que muriera, se encontraba muy débil cuando vino a mí. Era cuestión de minutos que Dios la acogiera en su casa.

Sin aguantarlo más, el joven Sheriff salió del lugar dando un portazo a la puerta de madera de la estancia del médico. ¿Acaso había sido una negligencia por parte del médico? ¿Había sido algo voluntario y premeditado? ¿Qué ganaría ese anciano con la muerte de su hermana? La que más ganaba con su muerte era Claris, la actual Madre Superiora, pero para ello algo tendría que haber hecho. ¿O acaso era todo producto de la mente de la hermana Jackeline? En esos momentos se dio cuenta que una novicia le estaba mirando con cara de temor mientras barría el suelo de piedra del convento.

-          Perdóname hermana. ¿Puedo preguntarle algo? – le dijo con un tono más serio y amistoso.

-          Por supuesto, señor. Usted dirá.

-          ¿Siempre se encuentra en este lugar, cerca del médico?

-          Si. Normalmente me encargo de esta parte del convento, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

-          ¿Ha visto algo extraño por aquí últimamente, o antes de que falleciera la hermana Anne? – le dijo sin titubear.

-          ¿A qué se refiere? – se quedó completamente pálida, dando a entender al Sheriff que sabía algo que le podría ser de utilidad.

-          A cualquier cosa fuera de lo normal. Sabe bien hermana que iban a realizarse unas votaciones para Madre Superiora en este convento, y que una de las que iba a salir votada falleció por culpa de una “fiebre”. Sepa que era mi hermana.

-          Oh, lo siento señor – dijo la joven dejando la escoba apoyada en la pared – La hermana Anne era muy querida por todas, e incluso más que la madre Claris. Tenía todos los puntos para llegar a ser la Madre Superiora, pero la fiebre le sobrevino llevándosela Dios para él.

-          Sé que no crees lo que verdaderamente me estas contando, suplico que me cuentes lo que sabes, por favor hermana…

-          Josette, hermana Josette – le dijo la monja al Sheriff – Una noche, vi como la madre Claris hablaba con el médico. No sé bien lo que decían, pero vi que le entregaba al anciano un sobre que tenía oculto bajo los hábitos. Éste lo cogió y se separaron. Esto lo vi mientras nuestra hermana Anne, que en paz descanse, se encontraba en las estancias del médico sufriendo de “fiebre”.

-          Entiendo…Parece que todo me empieza a encajar, muchas gracias hermana Josette.

Sin pensárselo dos veces, volvió a entrar en la habitación del médico. Éste se encontraba mirando uno de los cajones y pareció sobresaltado al ver de nuevo al Sheriff.

-          Parece ser, mi querido doctor, que no me ha contado todo lo que realmente sabe – empezó a gritarle mientras lo agarraba del hombro con fuerza – Me he enterado que fue usted sobornado, por nada más y nada menos, que por la madre Claris. ¿Me equivoco, doctor?

-          ¿Co…como? – palideció su rostro por completo y sus ojos se abrieron de par en par – ¿Cómo sabe usted eso?

-          ¡No me haga a mí las preguntas viejo, yo quiero las respuestas! – le golpeó en toda la cara hasta que cayó al suelo.

-          Lo necesitaba, señor. Mi familia está pasando hambre en las fronteras del convento. Mis hermanos y sobrinos se encuentran en el bosque como proscritos y, cuando vi ese dinero que la madre me daba, supe que había solucionado los problemas de todos ellos. Señor, tenga piedad, son proscritos que nadie quiere y que mueren de hambre y de frío en el bosque. Tienen que abandonar los recién nacidos a merced de las bestias del bosque, no podía hacer otra cosa, por favor, entiéndalo.

-          Será arrestado en nombre del rey, mi querido doctor. ¡Guardias!

En ese momento entraron los soldados del Sheriff con las espadas en mano y se llevaron al anciano doctor. Él no opuso resistencia alguna y permaneció con la vista hacia el suelo. El joven Sheriff se dirigió inmediatamente al despacho de la Madre Superiora. Al entrar la encontró mirando por la gran ventana, observando todo el terreno del convento.

-          Señora, queda usted arrestada en nombre del rey – le dijo a la madre Claris.

-          Curioso – dijo la madre con una leve sonrisa – Pensaba que este día nunca llegaría, joven Paul. En cuanto supe que venias mis temores se hicieron realidad, no podías ser más oportuno. Sabía que no te contentarías con la simple muerte de tu querida hermana por manos de Dios, sabía que las malas lenguas de este convento, de sus monjas, iban a enturbiarte el buen sentido de la razón de la que dispones, mi Sheriff.

-          Nadie me ha enturbiado la razón, madre Claris. Lo estoy viendo con mis propios ojos.

-          ¿Acaso no crees que puede ser todo un complot contra mí, Sheriff? ¿Acaso no crees que las novicias con las que has podido hablar hayan hablado entre ellas para culparme de la muerte de la hermana Anne?

-          Lo dudo, señora. Pues el anciano ha confesado, y dudo que él también mintiera sobre esto.

-          Cierto – dejó ir una leve sonrisa – Mira joven, mira todo el terreno del que dispone el convento. Tu hermana iba a destruirlo todo. Quería construir un hospital donde se practicaría medicina de los moros, medicina pagana, señor. Quería atraer a gente de otros lugares haciendo de esta tierra sagrada una tierra de turistas y gente de mala vida. Iba a romper con la armonía de lo que en realidad es un convento. ¡No lo podía permitir! – la ira había encendido sus ojos.

-          Mi hermana seguramente quería sacar todo esto adelante. Estas tierras se mueren por su abandono y vuestras gentes, las que os cuidan los campos y vuestro ganado, se van de aquí para probar suerte en la ciudad, no quieren quedarse a las órdenes de un convento mandado por monjas que solo piensan en rezar. Mi hermana seguramente quería darles esperanzas con un nuevo hospital dejando de lado antiguas enseñanzas y querría dar vida a todo esto.

-          Tenía la mente llena de ilusiones y de formas paganas de la vida. Creía en el amor entre novicias, bien creo que has conocido a una de sus compañeras del convento con la que, todo este edificio, sabía que se amaban. Blasfemia. Artes paganas. Solo la muerte la podía salvar de todo aquello, y yo era la única que podía salvar el lugar de su derrumbe.

-          ¡Guardias! – no podía escuchar más veneno de aquella mujer, tenía que callarla de alguna manera – ¡Lleváosla y que no hable más!

Se quedó solo en el despacho, cayó de rodillas mientras las lágrimas caían por su rostro con más fuerza que nunca. Había conseguido limpiar el nombre de su hermana. Se levantó y observando por la ventana pudo ver como el Sol empezaba a iluminar el camino de tierra y los campos, donde los charcos de agua reflejaban la claridad de un nuevo amanecer para aquella tierra de Dios.

——
Resto de participantes del reto de Escritores Aleatorios:

The Harbor of Digression (Paraiso) –> Jofre
Vida Cúbica (Reflujo) –> Juan Miguel
Aldea Global 2 – Extended Version – (Aturdimiento) –> Jesús

5 comentarios

  1. ¡Un relato redondo, chaval! Buenos diálogos, una intrincada trama de misterio, elementos bien hilados… en serio, posiblemente lo mejor que has escrito. Me quito mi luminoso sombrero de Santa Claus, ante ti.

    Podrías tener fiebre más a menudo, visto el resultado.

  2. un relato distinto a los tuyos, me ha gustado, cambias el registro y le da un soplo de aire fresco. Buena historia

    pero tengo una pregunta: como una novicia puede optar a madre superiora? xD

    es lo unico que no me encaja :p

  3. [...] Calden: Diario de un paranoico [...]


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